Tu opinión es importante...

02 agosto, 2011

EL MAR Y TÚ...

Aquí posada ante la vastedad de una gama de colores azul, sintiendo el viento que besa mi cara y la endulza de suspiros. Escucho como las olas quebrantan el silencio, fundiéndose con el ligero susurro que propicia el cielo, algunas aves revoloteando a lo lejos, cantando tonos de impetuoso anhelo.


El Sol está a punto de marcharse, el mar con más intensidad lanza su llanto al compás del oleaje.


Yo aquí... Observando su tierna furia. Pareciera que cada vez que aparece la luna, muestra desesperanza elevando la marea.


Tomo con cuidado un puño de arena y lo estrujo con fuerza. Siento el peregrinar de una lágrima que temblorosa baja por mi cuello, seguida de otras. El viento encolerizado sacude con fuerza mi cabello, gota a gota vuela mi llanto arremolinándose en el cielo.


¿Qué me has hecho? Que no existe una ínfima porción de mi piel que no sienta tu ausencia, no hay un pequeño rincón de mi ser que no desee estrujarte como lo hago con la arena, con esta rabia que invade mis sentidos, porque ya no puedo tenerte... Con este cansancio que provocan mis sollozos, porque en mi horizonte es cada vez más difuso el camino hacia ti, porque ya no te encuentro, porque yo como el mar lloro a mi Sol, porque no me gusta la Luna ¿Qué me has hecho?


Quiero que sepas que te fuiste ahora que el amor se ha vuelto tanto. Eso es lo que ha pasado.


En mi vagar por todas esas tierras de melancolía me sumergí en la nada, probé a fondo sus amargos desencantos, que me comieron y escupieron, una y otra vez... Hasta el hastío, creí que no sobreviviría. En algunos de esos andares, tú ibas conmigo ¿Lo recuerdas? (qué triste es, que no pude ver antes lo que ahora veo) Yo sólo quería amarte.


Paso a paso fui recogiendo millones de granos de tierra, no supe lo que guardaba, sólo los guardé por inercia en este saco que tengo aquí cerca del pecho. Recuerdo que fue cuando mi palpitar se debilitó tanto, tanto, que mis ojos y mis labios se secaron, sabía que pronto moriría, pero con la poca fuerza que me quedaba logré abrir el saco. Uno a uno los granos de tierra se volvieron destellos de luz, y se abalanzaron a mí, traspasando la piel hasta llegar al corazón, una enorme luz me envolvió. Algo me resucitó, regocijándome... Dios ¿Quizás?


Aquí posada frente a la suntuosidad del mar, con lágrimas en los ojos te digo que, yo te amo, como amo mi vida y a todo lo que me rodea y aunque ya no estás, siempre te recordaré.

16 noviembre, 2010

De la lucha entre mi alma y la razón...

Delimitados están mis sentidos, enclaustrados en una cápsula de congelada vehemencia, de pasión sollozando en un rincón de la férrea escama que protege mi alma. Ella que resiste en mi vacío apenas, hiperventilada, aspirando los residuos tóxicos de ese soplo de oxígeno que logra captar; temblorosa y asustada, con esperanza de reposo y agonías de supervivencia. Pobre, qué pena…

No recuerdo bien el momento en que se infectó y todo comenzó a agravarse. Por instantes luchaba incansable y valiente ante cualquier agravio emanado de su custodio, ese que a partir de esa situación crítica (en donde ella envenenada, enfermó) sólo busca protegerla y no permite por ninguna circunstancia que asome su mirada. No quiere que nadie la vea. No quiere que la hieran. Como esa vez, en donde él la levantó de ese charco de sangre, después de presenciar aturdido que ella ¡Ella! Irreconocible, con un semblante fúnebre volteó a ver a ese hombre… con los ojos llorosos y con su mirada rebosada de pesadumbre parecía decirle: sálvame, ayúdame. Es por eso que él decidió encarcelarla defendiéndola de todo y de todos, en esa especie de incubadora, de paredes infranqueables.

Es sólo que él, él con todo su poder, no comprende que ella sufre angustiosamente combatiendo frente a frente a la muerte que la acecha iracunda, ella exhausta, enclenque, helada, secándose de amor, al borde de inanición, por no alimentarse de otra mirada, de otro abrazo, de ternura… De calor. Ella lo necesita, de verdad lo necesita.

Él está abatido, porque sabe que la está sofocando y muere… poco a poco se extingue y que sin ella… sólo le resta la locura.

15 diciembre, 2009

Nació de mí y sigue ahí...

Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal - Nietzsche

Antaños resquicios de recuerdos sublimados, felices anhelos que un día se despedazaron. Mi mente se negaba a volver al lugar de donde partimos la dicha y yo tomadas de la mano, hasta que ésta, decidió alejarse de mí en cuanto entré a ese lúgubre bosque, pero hoy, justamente hoy, las nubes se hermanan en un son de complicidad, para abrirle paso al opulento Sol, que atesta de razones los incautos destellos de mi herido corazón, liberando mi alma aherrojada que permaneció escondida tras esos árboles del silencio.

Quiero ver el cielo y dirijo mi mirada hacia la inmensidad, pero el fulgor intenso me obliga a cerrar mis ojos y de inmediato percibo la calidez de su aura que siento tan agradable, que me invita a sonreír sacando a flor de piel todas mis emociones, aquellas no tan bellas, acompañadas de su antagónico, euforia y llanto, unidas para crear el equilibrio perfecto que sublima en el esbozo de un gesto armónico.

Es aquí en donde inevitablemente se manifiesta tu obstinada esencia, evocando tu abrazo que desvanecía carencias, tu simple presencia llenaba la nada con la que nací, con besos o sin ellos, el estruendo de la cadencia interna, atestaba mi corazón de regocijo por verte y nuestras miradas se fundían en un hálito de conspiración que fulminaba instantáneamente nuestros alrededores, quedando sólo nosotros, en un paisaje creado por nuestros deseos.

Te conocí desde siempre, desde que mi alma hiperactiva se sacudía con fuerza en mi niñez, cuando vislumbraba el amor jugueteando con mis muñecos u hojeando mis libros, en donde las palabras aún no articulaban relatos, pero sí mi mente, que volaba libre de ver letras fútiles, que formaban cuentos interactivos en donde ya eras protagonista, siendo una utopía con ojos y boca, de formas heterogéneas y varios colores, o siendo aquellos paisajes indefinidos, porque sólo existían dentro de mí. Ahí estabas, en ese silencio perenne que me desprendía del mundo real y que me diferenciaba de los demás. No tenías rostro ni nombre, pero te sabía, desde que ese amor etéreo circundaba cada comisura de mi pequeño cuerpo. Era la pasión a lo incierto, el asombro de lo viejo, que venía siendo así, después de haberlo dejado un minuto antes; la sucesión de sueños que cambiaban de objetivo en micras de segundo, para olvidarse y recrearse con una facilidad tremenda... Sin repercusiones, sin algarabía. Yo te percibía aún antes de verte… Cuando el impulso de la nada, me daba la fuerza de investigar todos mis cuestionamientos, tan llenos de verdad, repletos de ternura.

Después, al pasar los años, se me fue olvidando esa magia, cuando la preocupación de obtener un resultado para alguien más, que no pertenecía a mi fábula, fue convirtiendo mi amor en angustia, cuando mi piel se comenzó a erizar de temor, cuando mi afonía empezó a repercutir a sus ojos, los de todos ellos… Cuando la pasión que siempre me caracterizó, fue un yunque que tuve que cargar a cuestas por años, súbitamente iluminaste de nuevo la senda y no lo supe hasta que mi sangre hirvió de razones hilarantes. En el fondo te reconocía… de alguna parte, algo dentro me decía que tú y yo fuimos, vivimos, reímos, jugamos. Al ver tus ojos contemplé todas las tonalidades del viento, sí, aunque pudieran decir que es incoloro, yo las vi. Era el amor que una vez más, se hacía patente dentro de mí, para ti. Qué lástima que no pudimos con tanto, y que no haya percibido la calidez de tu abrazo, por esas sombras que opacaron la vereda... Fue muy triste, pero aún así, gracias, gracias por resucitarme.

Si tan solo mis pasos hubieran sido la mitad de tambaleantes, pero verdaderos como en ese entonces; aunque mis pies dirigían pasos cortos debido a su diminuto tamaño, yo cubría distancias monumentales. Si tan solo hubiera recordado mi valentía de antaño.

Es hasta hoy donde, excelso y llano como lo dicta el tiempo, natural e internamente fastuoso, que sobrepasa cualquier límite entre el alma y la piel, rompiendo ésta, volviendo ostensible su presencia, brota por mis ojos, por cada poro, nuevamente.

La piel de mi rostro sigue absorbiendo sus rayos suntuosos y la satisfacción invade el motivo, el mismo en donde nos fundimos en el infinito, para ser parte de todo y nada, en donde resurge la fuerza y se afianza la voluntad, en donde te sé y jamás te perderé.

24 noviembre, 2009

DEMENTE DE HASTÍO...

Y de pronto, esa luz resplandeciente, pareciera difuminarse en la oscura fosa de la que emané.

Nace el color marfil, impugnando a la penumbra, saliendo victorioso.

Cierro los ojos recostada en el frío lecho de mármol, construido de ideas.

Una sonrisa perspicaz dibuja mi rostro y detallo fielmente todos tus rasgos, sintiéndote intensamente y acariciando instantes que aquí dentro, parecieran perpetuos.

Desde aquí te amo, sí. Y mi alrededor se ha iluminado de tonos nacarados padeciéndote.

Lo gélido, ahora arde.

Lo seco, reverdece.

Mis ojos se llenan de lágrimas de silencio.

Tú enmudeces mis sentidos.

Te pienso día y noche mientras el viento sopla enardecido.

Tú eres cómplice de mi motivo.

Lloro y río, demente de hastío.

Desde que observé esos ojos, eres estímulo frecuente que invoca al Sol, aún adentrado el crepúsculo.

Me llenas de suspiros, cada que jugueteo con mi dedo índice en este lago de anhelos.

¿Qué fuera de mí, si no existiera tu nombre?

¿Qué fuera de mí, si tu recuerdo no interrumpiera mi noche?

¿Qué fuera de mí, sin este dolor que te evoca en cada respiro?

Tú eres la razón:


Mi visión en esta senda…

Mi lazo atado al cuello,

Mi muerte lenta,

Mi vida eterna,

Mi mirada triste,

Mi sonrisa nueva,

La fatiga de mis venas…

Mi insomnio febril,

Mi llanto infinito,

Mi pasión voraz,

Mi enfado maldito,

Mi ceño suspicaz,

Mi deseo carnal,

Mi mente mordaz,

Mi tierna lucha,

Mi persistente intención,

Mi andanza limpia,

Mi demencia,

Mi inspiración,

Mi felicidad,

Mi melancolía…

Mi infinito.

22 septiembre, 2009

Quiero morir entre tus brazos

Observando el espejo frente a mi postrado y escuchando ese silente estruendo que amenaza internamente el sosiego.

Tenaz, escalofriante.

Es la bruma gélida que embiste mi alma de vez en vez...

La sé, la conozco perfecto.

En el ayer, sus impetuosos vientos solían sacudirme violentamente, como un huracán destruyendo todo a su paso, apartándome del juicio.

Mi alma permanecía en un rincón ensangrentada, sollozando por tiempo indefinido, emanaban de mis ojos mares de lágrimas que salaban internamente mi cuerpo, entorpeciendo mis pensamientos.

Ahí viene.

Con toda su verdad.

Siento en mi oído el resoplar inequívoco de su presencia etérea, pero ya no le temo.

Mi reflejo.

Yo.

Faz trazada con líneas firmes, como si el destino hubiera presionado demasiado el lápiz dibujándome.

El ceño levemente fruncido, como expectante de nada y al pendiente de todo.

Veo mis manos, que solían asustarse en cada respiro, temblorosas todo el tiempo. Pareciera ahora, que desconocen la tensión, los nervios.

Me observo detenidamente y elevo una mano hacia mi corazón, que late pausadamente, imperturbable.

Me examino con curiosidad.

Mi mano en el pecho.

Semblante impávido.

Hubo aquí en el fondo una gota triste, sobreviviente de entre los lamentos, en aquellos momentos agonizantes luchó por vivir, se negó a derramarse y cristalizó… Convirtiéndose en fortaleza infranqueable…

Después llegas tú y mi gota de cristal se estremece con tus pasos… con tu ausencia, con tu seguridad, con tu mirada, con tus manos, con tu silencio.

Y te acercas y vibra, se conmueve y busca encarecidamente liberarse.

No puede.

Siente quebrarse y se afianza, pero con todo la mueves, cuando retumba en mis oídos tu aliento, tu caricia… tus dedos hurgando mi esencia, tu cuerpo buscando conocerla, tu beso… tu distancia, mi deseo.

Ahí viene.

Lo percibo.

Me circundarán violentos sus vientos impetuosos, quizás despedacen mi parapeto liberando esa lágrima, tal vez me llene de sangre, para esta vez morir.

Morir libre entre tus brazos.